El adicto, por Gonzalo Vázquez

Hasta romperse el tendón de Aquiles, Kobe Bryant venía firmando una temporada inolvidable en un año de confusión y naufragio angelino. Su actitud frente al mundo era ya de sobra conocida. Pero el rendimiento mostrado en su 17ª temporada como profesional superaba con creces toda previsión. De hecho, su forma técnica sorprendió en menor grado que su plenitud física, prodigando acciones por encima del hierro más propias del Kobe de la década anterior.

Poco antes de la fatídica lesión, Bryant recibía en justicia infinidad de elogios, el más valiente de los cuales contemplaría la presencia del equipo en postemporada, eso que se daba por sobreentendido antes de iniciado el curso, como una de las proezas más dignas de recordar a lo largo de su brillante y dilatada carrera. Con todo, ninguna de aquellas alabanzas igualó en impacto a la breve historia expuesta inesperadamente por un preparador físico anónimo en una célebrered social.

Con el mes de marzo en marcha y ante semenjante esplendor de juego en el entonces sano Bryant, el episodio narrado por el preparador -de nombre Rob-, vino a brindar uno de los mejores pedazos de tinta del año. porque además era un testimonio en primera persona.

Como uno de los fisios elegidos para asistir al equipo olímpico americano en Londres, Rob nos sitúa en Las Vegas el verano anterior, abriendo julio, a tres días de arrancar los partidos de preparación. El especialista había trabajado tiempo con Dwyane Wade y Carmelo Anthony. Pero nunca con Kobe. En una de las sesiones de entrenamiento ambos pudieron por fin charlar y conocerse. Luego de ello se dieron el teléfono y Rob aclaró que Kobe podría llamarle a cualquier hora para lo qe precisara, incluida alguna sesión provada.

No faltó tiempo. A la noche siguiente el preparador había previsto descubrir por fin el clásico ‘Casablanca’ en el sofá de su casa. Para cuando cayeron los créditos eran las 3.30 de la madrugada, buena hora para desplomarse rendido en la cama. Pero un rato después sonaba el teléfono. Era Kobe. Preguntaba a Rob si tendría algún problema en echarle una mano con la puesta a punto. Y sin dilación. Así que luego de espabilar y vestirse, el preparador salió del hotel en dirección al pabellón. En torno a las cinco de la mañana se reunió en la pista con Kobe, que sudaba a chorros lanzando  a canasta.

Durante una hora y cuarto el escolta precisó la ayuda del monitor en incesantes ejercicios con balón. Al cabo Kobe dirigió sus pasos al gimnasio donde le aguardaban 45 minutos de anaeróbicos. Cuando el jugador no necesitó más del preparador ambos se despidieron, quedando allí Kobe a solas para pegarse otra vez con el aro. Rob en cambio volvía al hotel, cayendo en la cama a eso de las siete y lamentando que la cita prevista con el resto de la expedición fuera a las once de la mañana. Un par de horas de sueño devolverían a Rob cal pabellón con la espesura imaginable.

Allí estaban ya todos los jugadores. LeBron departía con Carmelo y ‘Coach K’ con Durant, cuando Rob advirtió que al fondo de la nave alguien lanzaba a canasta. Para su sorpresa era Kobe, a quien se acercó para darle los buenos días antes de hacer la pregunta decisiva.

-Bueno, ¿y  a qué hora terminaste anoche?

-¿Terminar? ¿El qué?

-Que a qué hora dejaste de entrenar.

-Oh, pues justo ahora. Quería anotar 800 canastas y acabo de terminar.

Rob se quedó perplejo, sin palabras. Acababa de comprender lo ocurrido. O mejor aún, como él mismo relataba, había sido testigo de una de las innumerables historias, tan reiteradas desde hacía años, que situaban a Bryant como un enfermo del trabajo, como un depredador del sacrificio sin límites. “Cada historia sobre su dedicación, cada una de sus declaraciones sobre el trabajo duro, todo entonces se unió de pronto y me golpeó como un tren. Así que no me sorprende en absoluto que ahora mismo sea capaz de hacer mates sobre jugadores diz años más jóvenes que él, y tampoco que en el primer tramo de la temporada liderase la liga en anotación”, recogía Rob con vivo entusiasmo.

Esta historia corrió como la pólvora en la red de redes, multiplicando el efecto óptico de lo que Bryant, a sus 34 largos años, estaba siendo capaz de realizar en una era que amenazaba con marginarle aprisa. La enorme justicia que el relato hacía a su protagonista devendría pronto en cruelmente premonitoria cuando en abril quebró. Una escena que repartía épica y tragedia a lingotes iguales.

Pero igual que el preparador de Las Vegas decía no sentirse sorprendido por el rendimiento del jugador, tal vez deba sorprenderse cuando Bryant, presumiblemente antes de tiempo, regrese a las pistas. Y aún menos, al nivel que lo hará. Es apostar sobre seguro.